Hay recuerdos que son para siempre, bonitas alegrías que se quedan grabados en nuestro cofre mental de los tesoros y guardados en el corazón, las cuales podemos visitar cuando queramos, inundando de gozo el alma. Momentos de gran euforia que no queremos postergar, como esos amores que no se olvidan aunque el tiempo los deje atrás. Indudablemente serán muchos los que guardarán en su baúl de la memoria toda la magia acontecida en el primer concierto de regreso de los mungiarras Π L.T. en un Kafe Antzokia (Bilbo) que volvió a registrar un lleno completo como en sus mejores tiempos y en el que se vivió profundamente mucha nostalgia entre un público con una media de edad de 40 para arriba, pero también con nuevas generaciones.
El grupo se presentó en formato de quinteto, aprovechando todo su tiempo sobre las tablas, sin descanso, echando una detrás de otra y no dejando dudas a las medias tintas, logrando llevar aún más allá todos los diferentes matices de su intrépida propuesta con una actitud y una capacidad sobre las tablas que explican por qué desde siempre se han comido en vivo a bandas supuestamente con más calidad, destacando la gran polivalencia de Txarlie Solano y David González (Berri Txarrak) que se desenvolvieron igual de bien tanto en las labores de guitarra como de bajo, compaginándose continuamente y dotando a los temas de una mayor fuerza y esplendor. Entraron de cara con el tema que solían abrir sus conciertos en la gira de presentación de su segundo trabajo “Denbora”, la atmosférica “Automatak Bezela”, ilusionados y entregados, optando de seguido por un grueso del repertorio dedicado a algunos de sus grandes clásicos como “Hotzez Minduta”, “Zuloa”, “Iraganaren Bila” o “Runaway”, siempre con un sonido contundente y visceral para mantener en todo momento la intensidad, la cual fue recayendo en la forma de actuar de su teclista Aitor, imprevisible en sus movimientos incitadores y un espectacular juego de luces que fue manejado desde la mesa bajo una plenitud absoluta en destreza y agilidad, generando una atmósfera atrapante, alejada de cualquier lugar común.
De ahí en adelante no dieron tregua a una sala que tuvo momentos de mucho movimiento, mutaciones muy marcadas de esos comienzos en los que el grupo ya reflejaba una identidad muy bien representada en temas como “Zein” y “Hil Da Jainkoa”, desatándose entre los asistentes de las primeras filas una vehemencia que en ocasiones rozaba el histrionismo, la cual acabó contagiándose al resto del público en una ovación desmesurada al batería de la banda y acrecentándose aún más si cabe en la vesania de revivir épocas doradas por parte del teclista que acabó dando todo lo que tenía dentro entre la alocada multitud en “Jo!”. La banda había dirigido el concierto a su antojo, encontrando y aprovechando la predisposición de sus seguidores. No se hicieron mucho de rogar ante una unánime petición de vuelta al escenario, arrancando con “Denbora” y dando rápidamente paso a “Erraietatik” y “Segundu Bat” como una banda a seguir abriendo su propio camino y dejar una huella imborrable. Una fidelidad ganada por su actitud en escena, el contraste de estilos en base a su propia personalidad y el buen empaste entre la parte instrumental y la vocal, señas que continúan en perfecto estado. Solo queda esperar con miedo de que no sea un espejismo su tan esperado regreso.
